Por: Miguel González Compeán
Opinión CRONICA
Viernes 10 de Octubre de 2008
Muchas cosas definen a los estadistas, pero una sobresale: tener visión de futuro, no sólo pensar para la próxima elección, sino para la próxima generación. Vistas las cosas, esta semana nadie parece estar a la altura. Ni autoridades, ni la sociedad, ni los movimientos sociales. Vivimos el amago permanente de la irresponsabilidad, de la mezquindad y del absoluto desprecio por las instituciones y las leyes.
Un jovencito, muy, pero muy convencido de sus convicciones, como lo dijo a la prensa, increpa al presidente de la república y le dice espurio. Un poco con valentía, otro poco como balandronada, porque quien se atreve a decirle algo al Presidente soy yo, sólo yo y mírenme qué fregón soy; yo me atrevo, yo soy revolucionario porque me brinco todo, mírenme, en mí se encarna la rebelión y el enojo. Yo y nadie más. Ni el colectivo, ni las reglas ni la política, yo, como AMLO, yo.
El muchacho no lo hace en un discurso o en una carta que después reparte a la prensa. No lo hace en el agradecimiento y poniendo las cosas en los debidos canales de la política, que son los de la alocución pública razonada y reflexiva en la que se discuten las ideas y se ofrecen posiciones entre contendientes o rivales. No lo hace pidiendo la palabra o con una cartulina. No, lo hace como escupir en la cara, como sacar la lengua, como pegarle a la mamá con el puño dulce de los cuatro años. No es extraño, el niño lo que ha aprendido a hacer es a increpar, a darle una cachetada al presidente de la república, porque nadie le ha enseñado otra cosa que el vituperio, el ejercicio de la estridencia, la travesura fácil y ocurrente, el ejercicio de la oportunidad, aunque ésta sea inapropiada, descortés o poco institucional.
Gracias a la megalomanía de un ególatra infinito (perdón la perogrullada), convencido, consigo mismo, de la contundencia histórica de su proyecto, que por cierto nunca pudo delinear o explicar, le clausuró a un niño la oportunidad de creer en las instituciones, de creer en el resultado de las elecciones, de creer en la viabilidad de su país, porque le han repetido hasta el cansancio que la política sólo se hace (si tienes convicciones y eres revolucionario y no un modosito reformador) tomando calles, pasando por encima de los derechos de los demás, atenido a tus convicciones y con el odio en el corazón. Se le ha enseñado que o arrebatas o te jodes.
Una generación (¿otra?) entera de descreídos que no pueden aliarse para las luchas más inminentes o necesarias, por ejemplo, contra el narcotráfico. Ese es el saldo de nuestros años recientes, un desprecio por la vida cívica y por las reglas. Una incapacidad por la construcción colectiva y la convicción de los actores de que a río revuelto algunos ganan.
Ese es un lado del asunto, pero el otro anida y se reproduce en… los maestros. Claro, AMLO y ese muchacho tuvieron maestros. Maestros que toman carreteras y secuestran policías para, escuche bien, negociar con la autoridad cómo habrán de heredar sus plazas a sus parientes, porque ellos las compraron. No las trabajan, no se las ganaron, las compraron para el bienestar personal. No importa si son aptos. No importa si son capaces de pasar un examen, si pueden resistir la mínima prueba de pedagogía en beneficio de los hijos de todos nosotros. No, todo eso no importa. Importa que les respeten sus ganancias y sus canonjías. Importa que ellos pueden convencer a los padres de familia, a los que compran según testimonios públicos de quienes han visto las tomas y los plantones a las seis de la tarde. Importa que usan a esos padres de familia como carne de cañón, porque tampoco tienen la valentía de enfrentar las consecuencias de sus actos, frente a la autoridad. Como decía en la semana Blanca Nieves (así se llama la lideresa de los maestros en Morelos, aunque usted no lo crea), “los padres de familia nos apoyan en la lucha y nosotros les llevamos de comer y lo necesario para el plantón”.
Con maestros así, ¿qué otra cosa podemos esperar? Que un niño le dé una cachetada verbal al Presidente, en uso de su libertad de expresión. Nuestros hijos dicen lo que piensan y qué bueno, pero no lo hacen clavándonos un cuchillo, una mañana de domingo, exigiéndonos que los llevemos al parque… bueno, todavía no me lo hacen.
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