Cuando tenía más o menos 10 años, llegó a casa el primer
perro de mi vida. Mi padre lo rescató recién nacido y nos lo entregó para que
lo criaramos.
Mi hermana, que por alguna razón resultó ser muy nerviosa y
temerosa de los animales, se enterneció con el cachorrito que nos cabía entre
las manos y por el que nos desvelamos días alimentándolo con un biberón de
juguete.
Amábamos a nuestro perro que creció pero al que
acariciabamos poco por la prohibición de mi madre de tenerlo dentro de casa.
Con los años fueron y vinieron otras mascotas. Siempre bajo
las reglas maternas de que no entraran a la casa y mucho menos treparan en
muebles y camas.
Cuando mi hijo a los 4 años más o menos nos pidió su primero
mascota, compramos a la beagle más hermosa del mundo. Gena era obediente,
educada y tan inteligente que sabía que, aunque vivía dentro del departamento,
no podía entrar a las recámaras.
Luego vino Manchas, su hijo. Estuvo con nosotros 10 años
hasta que una enfermedad lo inmovilizó y tuvimos que dormirlo.
Personalmente quería descansar de vacunas, alimentos,
limpieza, etc. por un tiempo, pero la Pandemia tenía mucho aislado a mi hijo y
fue el, quien nos pidió una nueva mascota que le hiciera compañía.
Arya, que llegó a nosotros con 3 meses de edad. Una perrita
mestiza, abandonada y fóbica al encierro que vino a revolucionarnos la vida.
Desde que llegó se apropió de la casa y de nosotros. Por pequeña y nerviosa, le
empezamos a permitir subir a las camas y resultó sumamente relajante sentarla a
nuestro lado en la sala.
Pero todo tiene un costo. Se ha comido por lo menos 6 pares
de sandalias, ha deshecho el tapiz de la sala, ha mordisqueado sábanas,
cobijas, toallas, cortinas y claro... se ha comido guisos, panes y cuanto ha
quedado su alcance en la cocina. La gracia más reciente es que acabó con los
lentes de mi marido.
Todos los días le decimos que está "así" de irse
de casa, pero sabemos que eso no sucederá y parece que ella también lo sabe,
pues tuerce un poco la cabeza y se da la media vuelta para ir a echarse a
alguno de los sillones.
Así que, después de años de criar perros, de tener reglas
estrictas y de ser cuidadosos en la disciplina de los cachorros ha llegado esta
chica, en medio del encierro, del miedo, del aislamiento a dejarnos la ropa
llena de pelos.
Ahora además de todos sus utensilios, artículos y juguetes,
nosotros hemos conseguido cepillos y rodillos para limpiarnos y mi hijo debe
aspirar las camas y la sala por lo menos una vez a la semana.
¿Han sido mas trabajo y disgustos? Si.
¿Ha valido la pena? Por mucho.
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