viernes, 28 de enero de 2022

Soy la mujer que... extraña como loca a sus amigas (04/52)

 Soy muy afortunada.

Tengo mucha gente que me quiere y durante toda mi vida me he rodeado de personas que se han preocupado y que me han cuidado en mis peores momentos.

Valoro siempre la amistad y el cariño con hombres y mujeres, pero es con estas últimas con quien guardo una relación especial.

Amo profundamente la simpatía, inteligencia, poder y compañía de mis amigas. Son fuertes y débiles; saben cantar, bailar, hacer ensayos, dar clases, dirigir grupos, vender, cuidar, inventar, etc. Yo siempre he dicho, que como crecí rodeada de montañas, estoy acostumbrada a acompañarme de Gigantes, principalmente de Mujeres Gigantes.

Tras casi dos años de pandemia, aunque ha sido de manera muy esporádica, he tenido la oportunidad de ver personalmente a algunas de ellas. Sin embargo, hay otras muy queridas, a las que el encierro y el aislamiento nos ha impedido encontrarnos.

¿Las extraño? ¡Como una loca!

Muero por volver a tener sus pláticas, sus tips de cocina, escuchar su risa y que me cuenten los proyectos en los que andan metidas.

Generalmente, las mujeres con las que me reúno tienen por un lado mucha iniciativa y creatividad y por otro, están locas.

Tengo una hermosa anécdota con una de ellas que, por motivos que ya no recuerdo, un fin de año no pudimos vernos, así que se nos ocurrió hacer algo que llamamos: El Simulacro de Fin de Año. Nos pusimos muy guapas, preparamos comida, compramos uvas y a las 12 de la noche, de un dia de febrero o marzo, gritamos y celebramos, nos abrazamos y nos deseamos lo mejor “para el año que comienza”.

Adoro también los dotes culinarios de muchas de ellas. Como ya he dicho, están locas y son creativas. Entonces, han hecho platillos tan impensables como maravillosas que sirven de manera generosa a quienes convivimos con ellas.

Extraño mucho los conciertos, pero extraño más ir con ellas: hacer toda una travesía y estar de pie por horas con tal de abrazarnos y cantar juntas hasta quedar afónicas.

Extraño sentarnos alrededor de una mesa de bocadillos y copas de vino a hablar desde la crianza de los hijos, los enfados con la pareja, nuestros temores por la seguridad o la economía del país, nuestras pasiones políticas, etc.

Recuerdo con profunda nostalgia y orgullo, la última ves que nos vimos entre la multitud, el ocho de marzo del 2020; nos reunimos en el centro de la ciudad para marchar con miles de mujeres entre cantos, protesta y consignas. Yo aun no puedo definirme como feminista, me faltan muchas lecturas y entender conceptos e ideas, pero con mis amigas he aprendido de derechos, de historia, de la agenda que muchos deberíamos tener en la cabeza. Pero sobre todas las cosas he aprendido una actitud que ha traido tranquilidad a mi vida: NO JUZGAR.

Por eso las extraño, porque siento que he estado perdiendo un tesoro infinito de risas e ideas. Que he desperdiciado noches y días entre sanitizantes y desinfectantes en lugar de estar con ellas y abrazarlas y reírnos a carcajadas y planear viajes que tal vez nunca haremos pero que nos imaginamos con alegría.

Hay días en que leo libros o artículos que ellas me recomendaron y los vuelvo a disfrutar como la primera vez o escucho una canción de nuestro grupo favorito y me es imposible no ponerme a llorar.

We’re flying high
We’re watching the world pass us by
Never want to come down
Never want to put my feet back down
On the ground

miércoles, 26 de enero de 2022

Soy la mujer que... vió La hija oscura (03/52)

 

Dirigida por una de mis actrices de culto: Maggie Gyllenhaal, La Hija Oscura si bien pone en la mesa de discusión la maternidad como destino obligado para las mujeres, también pone de manifiesto otras aristas de la vida en pareja y sus impactos en la crianza de los hijos.

Antes de hablar de los temas en torno a la película, me llama la atención que la protagonista lleve el nombre de Leda, una mujer que de acuerdo a la mitología habría sido seducida por Zeuz convertido en cisne. Esa misma noche, ella tiene a su vez relaciones con su esposo Tindáreo, pone dos huevos de los cuáles nacen dos hijos del dios Zeus (Pólux y Helena) y dos del rey Tindáreo (Cástor y Clitemnestra). Los hijos de Leda fueron protagonistas de grandes mitos y leyendas. Castor y Pólux, los Dioscuros, fueron héroes famosos y tiene su propia constelación, Géminis, que representa a estos gemelos. Helena, la más hermosa mujer de la Tierra, fue la supuesta causa de la ruina de Troya, y Clitemnestra que acabó víctima del matricidio más famoso de la cultura occidental, el de Electra y Orestes. El tema de la maternidad es recurrente, desde Leda hasta Clitemnestra y nos lleva a preguntarnos ¿a dónde nos lleva elegir tener hijos? ¿a la dicha o a la tragedia?

Volviendo al tema de la película e independientemente del sexo ¿nacemos con la capacidad, deseo, aptitud, etc. para ser padres? Recientemente el Papa Francisco realizó estas declaraciones: "Muchas parejas no tienen hijos porque no quieren o tienen solamente uno porque no quieren otros, pero tienen dos perros, dos gatos… Sí, perros y gatos ocupan el lugar de los hijos. Sí, hace reír, lo entiendo, pero es la realidad. Y este hecho de renegar de la paternidad y la maternidad nos rebaja, nos quita humanidad". Para la Iglesia entonces, nuestro sentido humano se subleva o se demerita en función de a quién cuidamos, dónde ponemos nuestro amor o nuestra pasión.

Cuando uno dice de alguien “No nació para tener hijos”, si se habla de un varón, la frase suena hasta como alivio. En el pensamiento se queda la idea de que es mejor, que él siga con su vida, que la disfrute, que haga con ella lo que quiera, antes de arruinarle la vida a un crío; en tanto que, si la frase va dirigida a una mujer, se vuelve reclamo y estigma. No saber ser madre pareciera que inutilizara a las mujeres, volviéndolas precisamente como menciona la protagonista de la película: ANTINATURAL.

Entre las críticas ya se ha hablado mucho del tema central: el cuestionamiento de la maternidad. En el caso de la protagonista, los señalamientos desde la pareja, los conocidos, la familia y sobre todo, ella misma. Pareciera que como mujeres, tener o atender otras prioridades que no sean el cuidado y la entrega hacia los hijos, es objeto de repudio, tanto social como personal.

Pero, conociendo la historia que nos narra ¿habría sido tan abrumador, aterrador, etc. ser madre con una pareja que intelectual y activamente colaborara y se comprometiera con la crianza?

Observo en la historia de Leda muchas carencias. Si bien en la película no se hace mucho incapié del maltrato infantil del que la protagonista es víctima de parte de su madre, en la novela hay pasajes que demuestran no solo el impacto que deja en ella, sino la consecuencia en su comportamiento:

“Yo también lloraba de felicidad, de alivio, pero al mismo tiempo gritaba de rabia —igual que mi madre— por el peso aplastante de la responsabilidad, por el vínculo que estrangula, y sacudía a mi primogénita con el brazo libre, exclamaba: me las pagarás, Bianca, verás cuando lleguemos a casa, no te alejes nunca más, nunca más.”

Cuando un niño es víctima de violencia física, emocional o psicológica prevalece una profunda falta de valoración y autoestima, y un cerebro en alerta permanente, acostumbrado al estrés. Es por ello que Leda no sabe disfrutar unas vacaciones, una relación, la comida o el mar.

Por otra parte, si bien es siempre importante contar con una pareja que nos equilibre, nos ame, nos cuide, nos retroalimente y entienda y valore nuestras ambiciones e intereses, me parece que teniendo hijos estas capacidades deben exponenciarse. Porque no dejamos de ser nosotros cuando parimos. En el caso de Leda, pareciera que se queda sola. Por lo que se observa en algunas escenas, no hay satisfacción ni intelectual, ni sexual… ni siquiera en lo doméstico y por ende, la crianza de las hijas se le atribuye directamente a ella, obligándola a retirarse de su vida profesional. Sus éxitos y sus argumentos no importan cuando se cierra la puerta. Ella debe vestir, bañar y jugar con las niñas mientras él sale a trabajar o socializar. Hay mujeres que han estado viviendo esta misma situación en nuestra ciudad y en el mundo a raíz de la pandemia ¿cuánta frustración se está acumulando? ¿cuántos niños están viviendo infiernos de parte de quienes deberían de ser sus primeros cuidadores?

Si bien ser madre o padre, no es obligatorio para nadie, La Hija Oscura muestra que, además, para lograrlo de manera sana deben reunirse una serie de requisitos a los que como sociedad debemos voltear a ver y atender. Desde las violencias en la infancia hasta las condiciones necesarias para que todos podamos desarrollarnos profesional, intelectual y productivamente.

Leda acumula culpas desde niña, que se fueron sumando al pecado de ser brillante, de saber idiomas, de poder dilucidar sobre filosofía… pero no sabe ser madre y eso lo opaca todo.

martes, 18 de enero de 2022

Soy la mujer que... ama caminar, pero con Ellos (02/52)

 

Porque es necesario, porque relaja, porque es bueno para la salud, etc. camino todos los días. Un tramo lo hago del transporte público a mi casa y luego más tarde, hago otro paseo después de la comida.

Debo decir que la primera caminata la padezco, bajo del transporte sintiendo que traigo el COVID impregnado en el cuerpo y en la ropa y de inmediato me baño en spray sanitizante, me embarro las manos de gel antibacterial y me aseguro de que el cubre boca esté bien colocado. Luego camino por unos minutos bajo el sol de las 3 de la tarde, entre gente y puestos callejeros, cargada de mi bolso, la lonchera y la chamarra o el sweater que ya no soporto encima. Así voy molesta e incómoda por todo lo que cargo, por lo que sudo, por el maquillaje cayéndose, en fin. Lo sufro

Lo único que me agrada es ir escuchando artículos, editoriales y columnas de opinión que previamente bajo y copio. Me entretiene (que no relaja) ir aprendiendo conceptos e ideas y estar al tanto de lo que pasa en política y seguridad en el país.

Pero debo admitir que el paseo que más disfruto es el que hago después de la comida con mi perra y con mi hijo. Vamos al parque de la colonia, que en ese horario está prácticamente solo y podemos quitarle la correa.

Amo verla correr. Tan libre, tan larga, tan ágil. Arya, mi perra, tiene apenas un año y meses. Es una cachorra aún y necesita todos los días hacer estos paseos para desestresarse de vivir en un espacio pequeño.

Me encanta la forma en que se alarga y casi vuela por los pequeños montículos y los segundos que tarda apenas en alcanzar el palo que mi hijo le lanza para que se lo lleve de regreso.

Verlos es un respiro y no sé si es ahí, en ese momento, cuando estas caminatas relajan, distraen y son buenas para la salud. Lo cierto es que es un paisaje en movimiento. El con su cabello largo, su parsimonia y su risa a carcajadas. Ella que corre, que lloriquea porque quiere que vayamos a su zona favorita y que de la emoción orina tantas veces que llega a casa vacía.

Cuando los miro mientras yo sigo dando vueltas acumulando pasos para llegar a los 10 mil, los envidio. Amo su juventud y su ligereza. Los observo y siento algo de recelo por el amor que se tienen, por su confidencia y por ese vínculo que crearon desde el primer día en que se vieron.

Leo en internet que entre los beneficios de las caminatas están que eliminan el colesterol malo, reducen el riesgo cardiaco, previenen la diabetes, el estrés y la depresión. Para mí, las caminatas me permiten compartir con este par al que amo. Y si, seguramente me enfadaré menos con los desastres de la cachorra tan solo de recordar, lo feliz que nos hace.

PD. Estos no serán siempre sobre #LaVidaConArya. Solo por hoy.

Soy la mujer que... tiene la ropa llena de pelos (01/52)

 

Cuando tenía más o menos 10 años, llegó a casa el primer perro de mi vida. Mi padre lo rescató recién nacido y nos lo entregó para que lo criaramos.

Mi hermana, que por alguna razón resultó ser muy nerviosa y temerosa de los animales, se enterneció con el cachorrito que nos cabía entre las manos y por el que nos desvelamos días alimentándolo con un biberón de juguete.

Amábamos a nuestro perro que creció pero al que acariciabamos poco por la prohibición de mi madre de tenerlo dentro de casa.

Con los años fueron y vinieron otras mascotas. Siempre bajo las reglas maternas de que no entraran a la casa y mucho menos treparan en muebles y camas.

Cuando mi hijo a los 4 años más o menos nos pidió su primero mascota, compramos a la beagle más hermosa del mundo. Gena era obediente, educada y tan inteligente que sabía que, aunque vivía dentro del departamento, no podía entrar a las recámaras.

Luego vino Manchas, su hijo. Estuvo con nosotros 10 años hasta que una enfermedad lo inmovilizó y tuvimos que dormirlo.

Personalmente quería descansar de vacunas, alimentos, limpieza, etc. por un tiempo, pero la Pandemia tenía mucho aislado a mi hijo y fue el, quien nos pidió una nueva mascota que le hiciera compañía.

Arya, que llegó a nosotros con 3 meses de edad. Una perrita mestiza, abandonada y fóbica al encierro que vino a revolucionarnos la vida. Desde que llegó se apropió de la casa y de nosotros. Por pequeña y nerviosa, le empezamos a permitir subir a las camas y resultó sumamente relajante sentarla a nuestro lado en la sala.

Pero todo tiene un costo. Se ha comido por lo menos 6 pares de sandalias, ha deshecho el tapiz de la sala, ha mordisqueado sábanas, cobijas, toallas, cortinas y claro... se ha comido guisos, panes y cuanto ha quedado su alcance en la cocina. La gracia más reciente es que acabó con los lentes de mi marido.

Todos los días le decimos que está "así" de irse de casa, pero sabemos que eso no sucederá y parece que ella también lo sabe, pues tuerce un poco la cabeza y se da la media vuelta para ir a echarse a alguno de los sillones.

Así que, después de años de criar perros, de tener reglas estrictas y de ser cuidadosos en la disciplina de los cachorros ha llegado esta chica, en medio del encierro, del miedo, del aislamiento a dejarnos la ropa llena de pelos.

Ahora además de todos sus utensilios, artículos y juguetes, nosotros hemos conseguido cepillos y rodillos para limpiarnos y mi hijo debe aspirar las camas y la sala por lo menos una vez a la semana.

¿Han sido mas trabajo y disgustos? Si.

¿Ha valido la pena? Por mucho.