Soy muy afortunada.
Tengo mucha gente que me quiere y durante toda mi vida me he
rodeado de personas que se han preocupado y que me han cuidado en mis peores
momentos.
Valoro siempre la amistad y el cariño con hombres y mujeres,
pero es con estas últimas con quien guardo una relación especial.
Amo profundamente la simpatía, inteligencia, poder y compañía
de mis amigas. Son fuertes y débiles; saben cantar, bailar, hacer ensayos, dar
clases, dirigir grupos, vender, cuidar, inventar, etc. Yo siempre he dicho, que
como crecí rodeada de montañas, estoy acostumbrada a acompañarme de Gigantes,
principalmente de Mujeres Gigantes.
Tras casi dos años de pandemia, aunque ha sido de manera muy
esporádica, he tenido la oportunidad de ver personalmente a algunas de ellas.
Sin embargo, hay otras muy queridas, a las que el encierro y el aislamiento nos
ha impedido encontrarnos.
¿Las extraño? ¡Como una loca!
Muero por volver a tener sus pláticas, sus tips de cocina,
escuchar su risa y que me cuenten los proyectos en los que andan metidas.
Generalmente, las mujeres con las que me reúno tienen por un
lado mucha iniciativa y creatividad y por otro, están locas.
Tengo una hermosa anécdota con una de ellas que, por motivos
que ya no recuerdo, un fin de año no pudimos vernos, así que se nos ocurrió
hacer algo que llamamos: El Simulacro de Fin de Año. Nos pusimos muy guapas,
preparamos comida, compramos uvas y a las 12 de la noche, de un dia de febrero
o marzo, gritamos y celebramos, nos abrazamos y nos deseamos lo mejor “para el
año que comienza”.
Adoro también los dotes culinarios de muchas de ellas. Como
ya he dicho, están locas y son creativas. Entonces, han hecho platillos tan
impensables como maravillosas que sirven de manera generosa a quienes
convivimos con ellas.
Extraño mucho los conciertos, pero extraño más ir con ellas:
hacer toda una travesía y estar de pie por horas con tal de abrazarnos y cantar
juntas hasta quedar afónicas.
Extraño sentarnos alrededor de una mesa de bocadillos y
copas de vino a hablar desde la crianza de los hijos, los enfados con la
pareja, nuestros temores por la seguridad o la economía del país, nuestras pasiones
políticas, etc.
Recuerdo con profunda nostalgia y orgullo, la última ves que
nos vimos entre la multitud, el ocho de marzo del 2020; nos reunimos en el
centro de la ciudad para marchar con miles de mujeres entre cantos, protesta y
consignas. Yo aun no puedo definirme como feminista, me faltan muchas lecturas
y entender conceptos e ideas, pero con mis amigas he aprendido de derechos, de
historia, de la agenda que muchos deberíamos tener en la cabeza. Pero sobre
todas las cosas he aprendido una actitud que ha traido tranquilidad a mi vida:
NO JUZGAR.
Por eso las extraño, porque siento que he estado perdiendo
un tesoro infinito de risas e ideas. Que he desperdiciado noches y días entre
sanitizantes y desinfectantes en lugar de estar con ellas y abrazarlas y
reírnos a carcajadas y planear viajes que tal vez nunca haremos pero que nos
imaginamos con alegría.
Hay días en que leo libros o artículos que ellas me
recomendaron y los vuelvo a disfrutar como la primera vez o escucho una canción
de nuestro grupo favorito y me es imposible no ponerme a llorar.
We’re flying high
We’re watching the world pass us by
Never want to come down
Never want to put my feet back down
On the ground