Cuerpo de Cristal
Toda experiencia podía ser llevada a sus límites extremos,
sin solución de continuidad
Salvador Dalí
Apenas intentó abrazarla y entre un murmullo y un movimiento de la mano, ella lo evitó. Samuel pensó que estaría dormida y cómoda, así que no insistió más, pero en el fondo se sintió humillado y optó por acomodarse en su lado de la cama e intentar dormir.
Por la mañana, como en ocasiones recientes, Laura ya no le esperaba para desayunar, con cualquier pretexto salía de la casa y no se veían hasta el anochecer. Samuel intentaba comprender a su mujer, además de su belleza, se había enamorado de su permanente actividad, le gustó que pareciera que no le necesitara, que recorriera la ciudad entre compromisos, charlas y trabajo, y por la noche llegara contándole de cuanto había visto y escuchado en el día mientras lo mimaba en la cena, frente al televisor y en la cama.
Pero ahora parecía que todos los compromisos la alejaban cada vez mas de él y Laura llegaba cansada con ganas sólo de tomar un baño "para relajarme" y dormir dejándolo con la sensación cada vez más lejana de sus labios en la frente o la mejilla.
Una noche, mientras leía, Samuel sintió cómo le llegaba una sensación de letargo, pesada y densa. Al colocar la revista sobre su regazo se encontró con su imagen reflejada en el Espejo del tocador y al lado, la silueta de su mujer bajo la sábana. Lentamente le retiro la tela de encima y ante él, el cuerpo de Laura descansaba sobre la cama con una mano cubriéndole el rostro.
No se atreve a tocarla por temor a descomponer el cuadro perfecto que aparece ante sí, le gustaría ver ese rostro de niña, de piel blanquísima y labios rosados, pero teme que con un movimiento o un roce, ella despierte, así que permanece inmóvil ante la imagen que le ofrece el Espejo. Debe tener un sueño agradable, pues de vez en cuando escucha cuando sonríe hasta que retira la mano de su cara. La observa y sonríe también, pero cuando vuelve al Espejo no puede sino llorar y aterrorizarse, en el rostro, donde hace unos segundos estaban los ojos, han aparecido un par de cuencas vacías.
Samuel no se atrevía a tocar el tema, además estaba casi convencido que se había tratado de un sueño, el cansancio, la revista, la luz. Fue un sueño, pensó mientras veía por la ventana a Laura caminando hacia la calle y despidiéndose indiferente. Además no deseaba hablar del asunto, considerando la brevedad con que se daban últimamente sus charlas y lo evasiva de ella en sus respuestas, seguramente le contestaría lo mismo "Fue un sueño".
Por las noches, los besos y las caricias se volvían no sólo esporádicos, poco a poco se habían convertido en un ritual casi obligado, con prisa y silencios incómodos que terminaban con los cuerpos de espaldas uno del otro. Él lo sabía, pero aún se negaba a aceptar que Laura se alejaba y se iba convirtiendo en un fantasma al que desconocía.
Despierta y enciende la lámpara del buró, se incorpora y se recarga en el respaldo de la cama viendo de frente al Espejo que había evitado en noches anteriores, tiene miedo de recordar la visión que tuvo hace días. Se vuelve hacia Laura que duerme desnuda a su lado, observa la espalda de ella y la besa suavemente en la nuca. No hay respuesta. Continúa con las caricias hasta que ella dice algo que no alcanza a entender al tiempo que cubre su cuerpo con la sábana. Samuel regresa al respaldo de la cama y la observa, quiere llorar o despertarla y reclamarle, pero no se atreve por temor a la respuesta. Levanta la cara y ve en el Espejo el cuadro patético del viejo sentado al lado del cuerpo cubierto que desea. Samuel en el Espejo retira la sábana de Laura y ahí no hay reclamos, ni movimientos de rechazo, está su cuerpo, expuesto y desnudo, puede tocarla aunque ella no le responde pero él continua hasta que en el cristal hay un cuerpo haciéndole el amor a ella, que permanece inmóvil. Samuel en la cama respira agitado, ve a su mujer cubierta hasta la cabeza, se frota el rostro confuso, apaga la luz y duerme.
Con el paso de los días, la relación de ellos iba empeorando, ya aparecían las primeras discusiones, ella quería marcharse y él le suplicaba que se quedara, que lo intentaran de nuevo, pero el tono de los insultos crecía. Laura se había aburrido de vivir con un viejo al que ya no amaba y él no terminaba de aceptar que debían separase.
Él despierta por las noches con la idea fija de observar lo que sucede en el Espejo; el cuerpo de ella tiene moretones y a su piel la ha cubierto una capa de sebo que el Samuel del Espejo, percibe mientras la besa, toma una sábana y la limpia, pero no es suficiente, la piel de Laura tiene una frialdad que no había sentido nunca, esta vacía, rígidas las piernas, los músculos de la cara, el vientre, no hay movimiento alguno, pero no le importa y se pierde en los cabellos de ella mientras besa la boca de un rostro pálido. Recorre con sus labios los senos, el vientre y se envuelve en esa fetidez que le excita porque al fin, ella vuelve a pertenecerle y le fascina la rigidez que ha encontrado entre las piernas de Laura a la que penetra con dificultad y placer por las noches. Termina y Samuel en la cama se descubre agotado, huele su piel y ya no está el aroma de Laura en el Espejo, pero sonríe al verla respirando del otro lado.
Ella insistía en su necesidad urgente de marcharse y Samuel continuaba pidiéndole que no se fuera, ¿qué cuerpo encontraría después en el Espejo cuando Laura ya no estuviera? Pero la discusión continuó en la recámara a donde él la llevó de la mano, suplicándole que sólo por esa noche se quedara a dormir. Accedió y acomodó las almohadas de la cama, poniendo una al centro, como una barrera entre los cuerpos mientras Samuel sonreía.
Incómoda, no cesa de moverse de un lado a otro, empuja la almohada que los divide y Samuel despierta para observarla en el Espejo por última vez, pero la imagen es la misma y el desconcierto lo confunde. Retira la almohada y Laura continúa con su movimiento constante. Entonces aparece, ella en el Espejo no es sino un cuerpo ennegrecido y él sonríe satisfecho, lo acaricia pero a cada roce una parte de ese cuerpo se descompone. Laura en la cama despierta y lo encuentra con la mirada fija en el cristal, le pregunta si se siente mal y él no responde, su rostro se descompone entre lágrimas e intentos de sonrisa que no logra construir, ella se levanta y le grita que en ese momento se va. Él sigue llorando y sus manos se extienden hacia el Espejo donde el cuerpo de ella se desvanece entre sus caricias. Laura grita asustada, le horroriza verlo llorando con la mirada fija, se viste y corre. Afuera se escucha un portazo, pero él no hace nada mientras las lágrimas bañan su rostro. En el Espejo, Samuel continua frenético, untando las cenizas de Laura en su piel.
Patricia Bazaldúa